Eran futuro, puro futuro

Por Martín Kohan

Eran futuro, puro futuro. Y no porque no contaran, como contaban, con un pasado, con una historia, incluso –por qué no- con una tradición. Pero ese pasado y esa historia, ese pasado y esa historia y esa –por qué no- tradición no tenían otra cosa que futuro, no hablaban de otra cosa que del futuro.

Eran futuro, puro futuro. Y no porque se quedaron, para siempre, en la edad en la que todo es futuro. El tiempo que les amputaron era ese, y era inmenso. Estaban conjugados en futuro, tal como puede estarlo un verbo, sobre todo cuando es un verbo de acción. Y ahí quedaron: indeclinables.

Eran futuro, sí. Pero ese futuro (no el que soñaban, sino el que hacían) nunca existió. Nadie mejor que nosotros, los que vinimos después, los que habitamos ese después (y este ahora) que debió ser su futuro, para saber que no es su futuro, para saber que no lo fue.

También por eso, o sobre todo por eso, no solamente eran futuro: lo fueron pero además lo son. Porque ese tiempo por venir (por venir y nunca venido) jamás llegó. Porque ese futuro (no el que proyectaban, sino el que forjaban) está todavía pendiente. Ya son pasado y ya son historia, y un presente que se volatilizó más pronto que otros presentes, incluso los más urgidos. Pero desde el pasado y desde la historia, desde aquel otro presente esfumado, no son otra cosa que futuro.

¿Miramos para atrás? Pero nunca, como en ese atrás, hubo tanto, tanto adelante. ¿Estamos haciendo memoria? Pero es memoria de lo que vendría. ¿Es esta una visita a un museo? Pero es un museo dedicado, no sólo a lo que pasó, sino también a lo que iba a pasar; es museo de un afán, de un anhelo, de un impulso. Museo de cuando la historia, además de designar lo ya sido, era eso que había que hacer.

Hay algo en la sonoridad de los nombres (lo saben los escritores). Los que tienen vocales cerradas (mucha “u”, pura “i”) sugieren lo apretado, lo aplastado, lo oprimido. Los que, en cambio, tienen vocales abiertas, sugieren lo desplegado, lo expansivo, lo creciente. Por ejemplo: Franca Jarach. Da tanto gusto nombrarla. Suena como las esperanzas.

Ante la ausencia, producir presencia

La visita no iba a ser en sentido estricto una visita, ni el encuentro en sentido estricto un encuentro. El repliegue de cada cual, impuesto por la pandemia, también en esto nos remitió al Zoom, a Facebook, a Instagram: a la virtualidad. Pero Vera Jarach, a manera de introducción, apenas para comenzar este homenaje a su hija Franca, desaparecida por la dictadura militar en 1976, dijo del encuentro que no sería totalmente virtual, porque “los afectos no son virtuales”. Fueron palabras para el preludio, pero Vera Jarach daba con ellas una clave fundamental. Estamos hoy por hoy en la alternativa entre lo presencial y lo virtual; la virtualidad se expande y se impone porque lo presencial está impedido. Pero al decir, como dijo Vera, que los afectos no son virtuales, al reducir así la condición virtual del encuentro, estaba fortaleciendo un carácter presencial, estaba incluso produciendo presencia. Y de eso se trataba, de eso se trató. Ante la pérdida, ante la ausencia, producir presencia. Para dar sustento empírico (con esa base, la del afecto) al “presente” que en el final, como en cada final, se proclamó para cada nombre, para los desaparecidos.

Hacer de la ausencia, presencia. Por eso que, a continuación, dijo Aníbal Ibarra: que Franca Jarach “debería estar aquí”. Hacerle lugar, darle lugar, desafío que resuena en el testimonio que brindó Diana Guelar; de cuando, ante el peligro y en el peligro, la alojó, pese a todo, en su casa, le dio un lugar en el sentido literal de la expresión. O en el testimonio que luego brindó Marta Álvarez: “nos reencontramos en la ESMA”; reencontrarse, reencontrar a Franca, pero justamente ahí, en el lugar de la pérdida, en el lugar del despojo: “Y un día dejé de verla, ya no nos vimos más”.

Hacer de la ausencia, presencia. ¿De qué manera? De la manera que señaló Beatriz Ruiz, por ejemplo, al decir: “A través de Vera la conocí a Franca”; restableciendo, pese a la pérdida, un reencuentro posible. O bien, por fin, de la manera que señaló Malena Arouh, que hoy milita en el CNBA, al decir: “sus luchas siguen presentes”. Esa presencia: la de las luchas, la presencia política, la más visceral.