Colectividades y terrorismo de Estado

JUSTICIA SIN VENDAS Y FÚTBOL SIN TRAMPAS

Por Andrés Asato

No había estado más que en dos ocasiones anteriores en la ex ESMA y mis referencias sobre el lugar se remitían a dos libros, exclusivamente: Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso y Ese infierno, conversaciones con cinco mujeres sobrevivientes. En cambio al Estadio Monumental sí fui desde mis doce años y en varias oportunidades donde acumulé casi la misma cantidad de visitas y tristezas. El equipo del cual soy hincha, el Racing Club de Avellaneda, no podía romper el maleficio de la paternidad millonaria. Y entre uno y otro lugar, a escasos metros de distancia y durante los años de plomo en la Argentina ocurrieron cosas. Mientras a un lugar lo habían convertido en un centro clandestino de detención, torturas y exterminios -por allí pasaron más de 5.000 detenidos desaparecidos-, en el otro la pasión deportiva más genuina de los argentinos fue utilizada como una estafa para mostrarle al mundo -vía Mundial de Fútbol 78- que los argentinos “Somos derechos y humanos”. Invitado por el Espacio Memoria y Derechos Humanos, compartí junto a los colegas Gustavo Llipis y Cristian Sirouyán un encuentro denominando La Visita de las 5 donde cada uno pudo contar la trágica experiencia vivida por familiares de desaparecidos de las comunidades judía, armenia y japonesa. De las 30.000 personas detenidas-desaparecidas durante la dictadura militar, 17 historias son de la colectividad japonesa en la Argentina. Hijos y nietos de esos inmigrantes japoneses que a finales de los sesenta y principios de los setenta comenzaron a dar muestras de su integración y compromiso con la sociedad argentina. Y una de esas historias aconteció tras los muros de esa Escuela de Mecánica de la Armada y que lleva en nuestra memoria el nombre de Luis Esteban Matsuyama, estudiante de arquitectura, casado con Patricia Silvia Olivier, también estudiante de arquitectura y militante de montoneros, ambos fueron llevados del departamento donde vivían un 11 de abril de 1977. Los padres de Luis, Haruaki Matsuyama y Angélica Goyeneche de Matsuyama, habían sufrido tres días antes, el 8 de abril de ese mismo año, la muerte en un enfrentamiento de su otra hija, Norma Inés Matsuyama, embarazada de ocho meses y de su pareja Eduardo Testa, militantes de la UES. El recorrido por el interior de lo que había sido el ex Casino de Oficiales 41 años después, no fue posible hacerlo sin imaginar aquellos años en que los días pasaban sin lunas ni soles. Todo golpea de manera fría y dura cuando suenan en nuestros oídos los nombres de Capucha y Capuchita, Maternidad y Pecera. ¿Cómo habrán sido esos días para ese joven que su mamá me describió como un chico estudioso, de anteojos con marcos gruesos y su sueño de ser presidente? ¿O para aquel adolescente que un amigo y compañero en el colegio Ingeniero Huergo me contó del apasionamiento de ambos por la mitología griega? Cuesta imaginar que una generación que había soñado un país diferente fuera diezmada en ese lugar convertido en terror cuando a pocos metros de allí, miles de argentinos festejaban un partido de fútbol. ¿Dónde estábamos? ¿Qué hacíamos? ¿Nos importaba realmente el otro? Me pregunto si el pelotazo del holandés Rensenbrink en lugar de pegar en el palo derecho del arco que defendía el Pato Fillol se hubiera convertido en gol ¿La tristeza hubiera sido más grande que el darnos cuenta que en el país mientras se hacían goles se desaparecía y torturaba gente? Angélica, la mamá de Luis, no usa el pañuelo blanco como las otras madres. No recuerdo haberla visto así aunque lleve dentro suyo el mismo dolor y la misma angustia. Pero ahora el cabello se le ha vuelto de un color blanco tiza, diferente al que tenía cuando la conocí, y seguramente más cambiado aún al que usaba cuando se pusieron de novios con Haruaki, que ya no está a su lado. A ella no le importó ser una “gaijín” (extranjera) en el club japonés donde él había sido un espléndido jugador de “iakiú” (béisbol) y las parejas mixtas (argentino-japonesas) no eran bien vistas en la comunidad nipona. Angélica y Haruaki desafiaron esos postulados, se casaron y tuvieron tres hijos: Luis Esteban, Norma Inés y Daniel. Un ex compañero de Norma Inés, supo decirme: “la violencia era el estado natural de las cosas, no la impusimos ni la inventamos. La respiramos y la tomamos. Simplemente, ahí estaba”. Aún hoy, Angélica reniega de la política. Sigue pensando que la militancia la separó de ella (y de Luis Esteban). De esa vida familiar con veranos en Mar del Plata. Pero Angélica ahora sabe al mostrarme las cartas que Inés y Luis le escribían, que ellos abrazaron una verdad, su verdad, la que tanto habían buscado paraencontrarla. Hace pocos días la vi, visiblemente emocionada, porque Vecinos x la Memoria colocaron una baldosa con los nombres de los estudiantes detenidos-desaparecidos en la puerta del Colegio Ingeniero Huergo. Uno de ellos era el de Luis Esteban. “Siempre me preguntan por la historia de Inés y no por la de Luis”, solía decirme. No se animó a venir a la Visita de las Cinco, el tiempo pasa también para ella y ahora que el Museo Sitio de Memoria también lo ha  podido recordar, el dolor -tal vez- ya no le pese tanto. Aunque el 2×1 haya sido un intento fallido de abrir la herida, no podrán. Esta vez, no. Porque aun cuando el destino de sus hijos no fue el que ellos añoraron, el hilo revelador que los unía le permitió descubrir a ella que la vida ya no es esa línea recta que alguna vez se imaginó. Ya no porque como descendientes de segunda y tercera generación de esos inmigrantes japoneses que vinieron de la guerra, esa comunidad que de manera silenciosa construyó su aldea, ahora somos hijos y nietos de esta tierra. Como dice el periodista Gustavo Campana en su libro Tribunas sin pueblo… “cuando el subsuelo de la patria macera en silencio su sublevación, siempre sorprende a los lectores superficiales del presente; a los que confundieron pueblo con microclima y opinión pública con opinión publicada. Ante el estallido, parece que durante muchos años, todos vieron y nadie miró. Todos oyeron, pero nadie escuchó”. Ahora queremos gritar los goles sin trampas y acompañar con nuestro reclamo el de otras comunidades por un país con más Memoria, Verdad y Justica.

ANDRÉS ASATO es periodista gráfico. Se inició en el diario de la colectividad japonesa en la Argentina, La Plata Hochi y trabajó como redactor en Deportes del Diario La Razón y columnista en las revistas de fútbol World Soccer Digest y Soccer Magazine de Japón. Fue colaborador permanente en el Diario La Nación y actualmente escribe para las revistas ISALUD y El Cronista Comercial. Trabajó en radio en el programa La Marea y en Vamos Que Venimos. Es egresado de la Escuela Superior de Periodismo del Instituto Grafotécnico y realizó un Diplomado en Historia Universal “Los cambios de fin de siglo”, en la Universidad Iberoamericana de México. Es autor del libro “No sabían que somos semillas”, sobre los 17 desaparecidos de la colectividad japonesa. 

MEMORIA COLECTIVA

Por Cristian Sirouyan

El susurro de María Antonieta quiebra el aire denso que acompaña la Visita de las Cinco del 25 de agosto por el Museo Sitio de Memoria de la ESMA. “¡Qué desalmados!” repite una y otra vez como una larga letanía esta turista desbordada por el dolor, que en cada testimonio de los horrores del Terrorismo de Estado en la Argentina de los ’70 parece reconocer, además, las profundas heridas abiertas de su México querido.

Algún giro colombiano, el encendido diálogo de un joven chileno con una mujer brasileña y el abrazo de dos ex presos políticos que cruza la tonada cordobesa con el clásico “Vamo´arriba” uruguayo sobresalen entre las voces diversas de los más de 150 visitantes reunidos en el parque, dispuestos a ejercitar la memoria colectiva durante el par de horas que insume el recorrido por el antiguo Casino de Oficiales.

Esta vez, el homenaje a todas las víctimas que se cobró la dictadura ´76/´83 pone el acento en los detenidos-desaparecidos de origen armenio, japonés y judío confinados a la maquinaria destructiva puesta en marcha en el más emblemático centro clandestino de detención, tortura y muerte de la geografía porteña.

De entrada, el periodista Guillermo Lipis –autor de “Zikarón-Memoria. Judíos y militares bajo el terror del Plan Cóndor”- advierte acerca de una “sobrerrepresentación de integrantes, asumidos o no, de la colectividad judía” entre las víctimas de la dictadura cívico-militar. A su lado, Andrés Asato elige resaltar algunos lineamientos clave contemplados en “No sabían que somos semillas”, su investigación sobre los 17 desaparecidos de la colectividad japonesa: el silencio ante la tragedia expresado por los “issei” –los primeros inmigrantes japoneses desembarcados en la Argentina- y la actitud más decidida para recabar información y difundirla en la sociedad, asumida por la segunda generación de descendientes de japoneses en el país.

Las historias que rescatan las vidas prematuramente truncadas de Luis Esteban Matsuyama, Arpi Seta Yeramian –uno de los casos consignados en el libro “Veintidos vidas. Los desaparecidos armenios de la dictadura 76-83”- y centenares de judíos se entrecruzan en los relatos que retumban en la sórdida atmósfera del subsuelo y convergen en puntos en común. La tragedia es una misma y sus coletazos se estiran hasta el presente, un tiempo de infamia en el que los fantasmas de la impunidad vuelven a salir a escena para sobrevolar los crímenes más aberrantes.

El sótano era la primera y la última escala forzada de los detenidos-desaparecidos. En ese ámbito frío, húmedo y lúgubre comenzaba a desarrollarse su proceso de deshumanización apenas eran arrojados desde los vehículos sin identificación de los grupos de tareas. Volvían a ser empujados hasta aquí antes de ser lanzados al vacío a través de los vuelos de la muerte.

Hoy, una hendija de luz y un soplo de aire fresco se cuelan por las puestas definitivamente abiertas desde el interior del edificio y el patio. El cambio de clima resulta un bálsamo necesario para que el público –que un rato antes permanecía demudado entre las agobiantes dimensiones de Capucha, Capuchita y Pecera- se anime a tomar parte activa de la visita. Mientras una familia descubre a viva voz los rastros de la escalera tapiada que conducía de la planta baja al sótano, una pareja requiere más detalles sobre “operativos” y “traslados” al guía Maxi y otros deciden acompañar con un estruendoso aplauso el abrazo en el que se funden Andrés Asato y un sobreviviente del horror, que revela haber forjado su militancia política, codo a codo, con Luis Matsuyama.

Hugo Kuyumdjian, presidente de la Asociación Cultural Armenia, busca la salida, todavía conmovido por las impactantes imágenes del video documental “El terrorismo de Estado en la Argentina”, una desgarradora secuencia de despidos, hambre, exilio, tortura, asesinatos, desaparecidos y juicios por crímenes de lesa humanidad que se exhibe en la primera sala, a un costado del hall principal.

Los mismos modos de la intolerancia aplicados por el Estado turco contra el pueblo armenio en 1915, el régimen nazi decidido a eliminar a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial y los genocidas de los pueblos originarios de América se replican en esa ajustada síntesis de 15 minutos que precede la muestra museográfica “La ESMA y el Mundial ‘78”.

Lejos de diluirse mientras los pasos avanzan por escaleras, pasillos, oficinas y mínimos espacios de reclusión, otras resonancias siguen presentes en el tramo final. Las atentas miradas de los más jóvenes –ese nutrido grupo de veinteañeros que nació en tiempos de democracia e indaga con avidez los pliegues del pasado reciente- parecen haber quedado fijadas en la sala de embarazadas, donde en abril de 1978 nació Sebastián Rosenfeld Marcuzzo, hijo de Patricia Marcuzzo, el único bebé nacido en el submundo de la ESMA que fue entregado a su familia.

A la soleada tarde de otoño le queda poca cuerda. Pero una atmósfera vital, cálida y amena, enmarca la charla de cierre programada en el salón Dorado. El lugar donde los jerarcas de la Armada planificaban su raid de detenciones y desapariciones mutó en un espacio luminoso, adecuado para reflexionar, informarse sobre avances y retrocesos de los juicios de lesa humanidad y dejar fluir los últimos embates de la emoción.

Alejandra Naftal es la amable anfitriona que anuncia las distinguidas presencias de Daniel Tarnopolsky –presidente del Directorio de Organismos de Derechos Humanos-, las Madres de Plaza de Mayo Vera Jarach y Clara Weinstein (junto a su compañero Marcos Weinstein), los sobrevivientes Carlos Muños y Alejandro Clara, Elsa Oshiro y Adriana Kalaidjian, hermanas de detenidos-desaparecidos de las comunidades japonesa y armenia.

Las palabras encendidas de la directora Museo Sitio de Memoria ESMA son coronadas por el boche a medida que propone Makruhí Eulmesekian, directora del coro armenio Gomidás. Como puede, la mujer gambetea la emoción que asoma en su voz para leer un poema sobre el desierto Der Zor, el tétrico escenario final al que eran confinadas las víctimas del primer genocidio del siglo XX. La tarde termina de despedirse y en ese silencio generalizado que hace ruido se palpa una reconfortante sensación de memoria colectiva, que se resiste a apagarse.

UN ESPACIO DE MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA QUE CUMPLE CON EL DÉCIMO PRIMER MANDAMIENTO: SOBREVIVIRÁS Y CONTARÁS

Por Guillermo Lipis

Solía pasar por la puerta de la entonces ESMA, junto a mis padres, ida y vuelta al club en el que pasábamos los domingos.

El sitio anticipaba con sus jardines verdes y árboles frondosos la antesala de un día plácido que cortaba la monotonía de la ciudad y daba un comienzo vital a la semana venidera.

Jamás pensé, entonces, que en ese sitio -de una apariencia mansa y tranquila- se destruirían vidas, sueños y la esperanza de lograr un país mejor y justo.

Muchos años después comenzó a derramarse sobre este predio una verdad indolente, inhumana (o humana, claro) que dio por tierra con más de una generación de argentinos que había despertado a las luchas y conquistas sociales con el peronismo, el Che Guevara, la Noche de los Bastones Largos, el Mayo Francés y el Cordobazo.

Contra este espíritu se levantó una barricada cívico-militar oculta tras el llamado Plan Cóndor, la contraofensiva ideológica puesta en marcha en el entonces “patio trasero” de Estados Unidos para disponer y apropiarse de riquezas, tierras y vidas, a través de los ejércitos latinoamericanos.

Países como Chile, Brasil, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador y Paraguay fueron ese campo de batalla. Y Argentina no estuvo exenta de este escenario que se convirtió en un territorio de muertes sospechosas, fugas inventadas, identidades robadas, desapariciones forzadas, exilios y enriquecimientos ilícitos.

Cambiaron el país. Hasta hoy.

Ya en el año 2000 comencé a indagar y a preguntarme cómo había actuado mi comunidad (la judía) hacia adentro con sus jóvenes, qué había hecho su dirigencia y por qué afirmaron que “la dictadura no había sido antisemita” cuando los datos emanados del ‘Nunca Más’ y de la CONADEP indicaban que había una sobrerrepresentación de víctimas detenidas desaparecidas, lo mismo que en referencia a empresarios de este mismo origen, secuestrados y liberados (en el mejor de los casos) a cambio de cuantiosos rescates de índole económico.

La estimación de la Asociación de Familiares Judíos de la Argentina es que el número de detenidos desaparecidos de origen judío es de 1.800 personas, y la CONADEP oficializó un número en 1.117.

Si consideramos la cifra de 30.000 detenidos desaparecidos, los judíos representan el 6% de los casos. Y si damos por confirmado el número de 8.956 de CONADEP, los 1.117 representan un 12,47%.

En ambos casos la cifra es alarmante como para aceptar graciosamente que “la dictadura no fue antisemita”.

A pesar de ello, siempre serán 30.000, 1.800, 1.117, 22 o 17 mundos, personas, dramas y desapariciones que no podemos discriminar por sexo, raza, minoría comunitaria o religión.

Muchas veces UNO si recordamos -en este tiempo de incertezas y desprecio- que quien salva UNA vida salva un mundo según el Talmud (el libro que recoge discusiones rabínicas sobre leyes judías).

Esto de ‘salvar UN mundo’ viene de la mano de otro concepto: ‘tikun olam’, que conlleva el concepto de “reparar el mundo”.

En un documento hallado en los Archivos del Terror de la ciudad paraguaya de Asunción, en una reunión de jefes de inteligencia, argentinos y paraguayos determinaron los grupos a los que debía prestarse particular atención en los cruces de frontera entre ambos países.

En una carpeta preparada para la Segunda Reunión Bilateral de Inteligencia entre los ejércitos de Paraguay y Argentina, realizada en Asunción entre el 27 y 28 de julio de 1978, el documento es un anexo de la Conferencia dictada en el marco del encuentro por el general Benito Guanes Serrano, jefe del Segundo Departamento Inteligencia del Estado Mayor General del Ejército paraguayo.

El punto 3 de ese ‘paper’, titulado ‘ASPECTOS DE INTELIGENCIA A TRATAR’, enumera “Problemas surgidos en la jurisdicción sobre la participación de organizaciones terroristas y/o políticas de otros países en apoyo a las que operan en la misma”. Y encuadra cuatro grupos u organizaciones que, según el informe, apoyaban al terrorismo en la región:

1) Reunión de judíos.

2) Comisión mundial de Pueblos Indígenas.

3) Visita de miembros de la Cruz Roja Internacional.

4) Ejército Rojo Japonés.

En la aplicación del Plan Cóndor nada ni nadie era políticamente correcto por afuera de las percepciones y arbitrariedades de una casta cívico-militar que trató de imponerse sobre la vida y la muerte de las personas y sus bienes, sobrevalorando su postulado de una vida “occidental y cristiana”.

Mientras la dirigencia comunitaria judía minimizaba los alcances de las desapariciones de miembros de su minoría acusados, incluso en algunos casos desde adentro, de ser ovejas negras o de haberse inmiscuido en la violencia urbana, los militares ya habían decidido justificar la represión sistemática a integrantes de las comunidades japonesa, pueblos originarios y judíos según consta en el primer punto de este informe binacional.

Los judíos no fueron sindicados en segunda, tercera o cuarta ubicación, estaban en el primer lugar a la hora de ser considerados como un problema surgido “en la jurisdicción”.

Y nótese que en ningún momento hablaron sobre influencia israelí sino judía, como liberando a Israel de la responsabilidad del supuesto involucramiento de integrantes de la comunidad judeo-argentina en la guerrilla.

Los militares creyeron haber hallado al menos uno de los centros de influencia más importantes a combatir mientras les hacían creer -a los dirigentes de la comunidad judía local- que con ellos y su comunidad estaba todo bien y que podían sentirse protegidos.

Los militares utilizaron una estrategia a dos puntas: mantuvieron un “antisemitismo razonable”, tal como lo indicó Robert Brasillach -un francés fusilado en 1945 por haberse declarado pronazi- mientras lograron que la dirigencia de esta colectividad considerara que no existía antisemitismo porque funcionaban casi con normalidad sus escuelas, sinagogas, clubes socio-deportivos y se mantuvieron irrestrictos los viajes hacia y desde Israel.

El Museo Sitio de Memoria ESMA cumple una función humanitaria de reparación a través de Memoria y Verdad.

Sus paredes grises, pero intrínsicamente repletas de los colores de múltiples historias de vida y voces silenciadas, se estima que albergaron a unos 5.000 víctimas de la represión de Estado por parte de la dictadura, la gran mayoría de ellos hoy se mantiene en condición de detenidos-desaparecidos.

El contraste del verde y prolijo parquizado de los jardines con los lúgubres interiores recuerda el relato que ex hijos de nazis hacían sobre la doble conducta de sus padres, algunos de los cuales se comportaron como animales feroces en los guetos, campos de concentración y exterminio, y resultaban adorables papacitos y jefes de familia en sus hogares.

Los contrastes de la identidad humana permiten exponer esta dicotomía en una personalidad que parece partida, pero que encierra -en verdad- la noche y el día en un mismo cuerpo.

La paz que suelen transmitir los jardines de los cuarteles poco tuvo que ver con el ‘nervio ideológico’ que movió a las fuerzas armadas en diversas etapas oscuras del país.

La tortura, la represión y el trabajo esclavo aún se ve, se percibe y se imagina en el Casino de Oficiales de la entonces ESMA; donde, además, los visitantes pueden imaginarse el interminable peregrinar de jóvenes encapuchados desde las salas Capucha o Capuchita hasta el subsuelo, primer y último ambiente que pisarían trasladados a los definitivos vuelos de la muerte.

Marcos Weinstein, de la Asociación de Familiares de Desaparecidos Judíos de la Argentina, estuvo presente en esta actividad junto a su esposa Clara (padres de Mauricio, detenido a los 18 años, estudiante del colegio Carlos Pellegrini y uno de los dos israelíes desaparecidos durante el terrorismo de Estado); Vera Jarach, madre de Franca, quien también se mantiene en calidad de detenida-desaparecida; Zulema Chester, hija de Jacobo (secuestrado en el Hospital Posadas) y Sara Kohan (hermana de Alfredo, fusilado en la Masacre de Trelew).

Todos coincidieron que debe mantenerse el “empeño en preservar la memoria, perseguir la Justicia y buscar la verdad”.

El Museo de la ex ESMA es un espacio de Memoria, Verdad y Justicia que cumple con el décimo primer mandamiento que aprendí, al escucharlo por primera vez en boca de sobrevivientes del Holocausto: “Sobrevivirás y contarás”.

En las paredes de este sitio de memoria sobrevive el espíritu y el alma de los 5.000 jóvenes secuestrados y que pasaron por aquí.

El eco de sus verdades y murmullos se escuchan por doquier, y por eso el Museo, o Sitio de Memoria, se mantiene habitado por historias entrañablemente humanas e infinitas que indagan a los visitantes a cada paso que dan por sus lúgubres salones, pasillos y escaleras.

Guillermo Lipis es miembro de la colectividad judía. Periodista, secretario de redacción de la Agencia Nacional de Noticias Télam. Autor de “Zikarón-Memoria. Judíos y militares bajo el terror del Plan Cóndor” (Ediciones del Nuevo Extremo) y “La otra hija. Diálogo con Erika Lederer” (de próxima aparición, Editorial Planeta).