Crónica Daniel Antokoletz

Por Irina Hauser

Daniel Antokoletz tiene una barba abundante con bordes prolijos. Mira profundo. Así, al menos, se ven sus ojos algo rasgados reflejados en la cara de su amada, Liliana Andrés. Su presencia imponente interpela en la universidad, igual que en reuniones de familia, amistades o colegas. Es mil nueve setenta y pico, pero podría ser hoy. Siempre es hoy para lxs desaparecidxs de la última dictadura cívico militar. Daniel fue abogado de presos y presas detenidxs por razones políticas y experto en derecho internacional público. Empiezo a conocerlo por fotos. Es un niño en monopatín. Viaja mucho con su padre diplomático. Es un docente. Es funcionario en el Ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno de Héctor Cámpora. Es un hombre de chomba rayada que mira de reojo desde una reposera, en alpargatas. Las imágenes dan la bienvenida a la última Visita de las Cinco de 2020.

Es el año de la pandemia del coronavirus, extraño y demoledor, que arrasó con muchas cosas, pero no con este acontecimiento. Esta vez no recorreremos la ex ESMA en forma presencial, aunque esta visita virtual a una distancia que por suerte se disuelve nos conecta con la parte más vital, alegre y audaz de la historia de este luchador, secuestrado el 10 de noviembre de 1976 en la puerta de su casa de Palermo por el grupo de tareas 3.3.2. Liliana estaba con él y también se la llevaron los secuestradores. Fue liberada unos días después.

Se habían conocido en la Universidad de Belgrano en 1970. Ella era su alumna y él, como titular de cátedra intentaba formar discípulos. Liliana estaba entusiasmada con una investigación sobre derecho internacional y fascinada con su profesor porque lo veía como un docente “distinto, nada acartonado, de esos que te hacen leer entrelíneas, dudar de todas las cosas y sacar nuestras propias conclusiones”. Formaron pareja un año después y ella, mientras seguía la carrera, lo acompañaba en la defensa de presxs políticxs y se ocupaba de encontrarse con lxs familiares o con compañerxs de lxs presxs y desaparecidxs. Más allá de esta tarea, se divertían juntos, se reían mucho, eran grandes compañerxs.

Daniel vivió amenazado desde 1972 y aún así, recuerda ella con dulzura, recorría las cárceles de Rawson, Resistencia, Posadas y Mercedes, pero además auxiliaba a detenidos en otros países o extranjeros presos en Argentina, como el senador uruguayo Enrique Erro, que confrontó al jefe de superintendencia de la Policía Federal en tiempos de la Triple A, Luis Margaride. A Liliana, que tiene el pelo lacio por el hombro, casi como en aquellos días, no se le borra la “sensación de miedo” de entonces mezclada con una certeza: “reaccionábamos a algo que podía ser nuevo y soñábamos con cambiarlo”.

La propuesta de este homenaje a Daniel Antokoletz es pensar cómo fue y cómo siguió siendo “abogar en tiempos difíciles”. Reflexionar sobre el “derecho a la resistencia y la resistencia como un derecho”, como dice la anfitriona, Alejandra Naftal, directora Ejecutiva del Museo Sitio de Memoria ESMA. A todos los que la escuchamos nos parece una definición de ayer y de hoy, sin saltos temporales. Quienes conocieron a Daniel y comparten esta visita dicen que lo imaginan en estos días dando batalla por la libertad de los presxs del lawfare, por el derecho indígena, contra la violencia institucional, contra la violencia machista, los agronegocios, la megaminería, las noticias falsas, por un estado distributivo, entre otros tantos asuntos vigentes.

“La historia argentina reciente y actual muestra que el Derecho en nuestro país ha sido un espacio de las clases dominantes, una herramienta al servicio de las élites políticas y económicas, lo que explica que la dictadura cívico militar haya contado con el aval explícito del Poder Judicial. Pero el Derecho también puede ser con concebido como una herramienta para transformar”. La síntesis pertenece a la abogada Andrea Pochak, subsecretaria de Protección y Enlace Internacional en Derechos Humanos. “Somos muchos y muchas –agrega- los que aprendimos de los corajudos como Daniel Antokoletz y otrxs abogadxs, que bien utilizado el Derecho es una elemento de resistencia y de transformación de la vida de la gente, que tenemos que tener las mejores tácticas en cada momento, sin renunciar a nuestros principios”.

Antokoletz fue construyendo estrategias contra la impunidad quizá sin saberlo de ese modo literal, o con esos términos. Lo hicieron también sus otrxs colegas defensores de presxs políticxs. Lo hicieron a su modo muchxs detenidxs desaparecidxs. En este encuentro de fin de noviembre se homenajea y recuerda a dos de ellxs, que estuvieron secuestradxs en la ESMA y sobrevivieron. Fallecieron días antes de esta Visita de las Cinco.

Uno de ellxs era Víctor Basterra. Los marinos lo habían puesto a trabajar en el área de documentación del centro clandestino de detención, por lo que logró sacar a escondidas, en sus genitales y en las medias, fotografías que se tomaban allí, algunas para confeccionar documentos falsos de los represores, otras de las personas secuestradas. Todo ese material, más documentos y las listas de compañerxs y genocidas que logró armar Víctor fueron esenciales para la reconstrucción de lo sucedido allí y para su juzgamiento. También es recordada Sara Solarz de Osantisky, conocida como “Quica”, cuyo marido y dos hijos fueron asesinados durante el terrorismo de Estado, y a quien apodaban “la partera”, porque fue puesta a hacer trabajo esclavo en la maternidad clandestina de la ESMA. Sara asistía a las secuestradas que parían allí y cuyos bebés les eran arrebatados. Fue anotando los nombres en papelitos que escondía, que perdió, pero luego pudo reconstruir. Las voces de Víctor y de Sara, en los juicios y entre nosotros, le dan un halo especial a este día.

-¡Dale Adela! ¡Vamos a comer unos choripanes a la costanera!— sorprendió Daniel a su hermana una medianoche de los setenta. Ella lo miró embobada como siempre. Con esa vivencia de que él lograba sacarla de su pequeño mundo salieron corriendo a tomar un taxi. María Adela disfrutaba de la audacia de su hermano, de su capacidad de sorprender y de “romper las reglas”. A veces se sentía, confiesa, “la pavota de la casa” a quien el hermano sagaz venía a despabilar.

-¿Te das cuenta? Los renglones de este diario están diciendo una cosa pero yo estoy leyendo lo que está en blanco, lo que está en el medio y que a simple vista no se lee-, le dijo Daniel en una de las tantas charlas en que ella quedaba atontada.

“Sentía admiración por él. Habrá pensado alguna vez que yo era un poco boba. No hubo tiempo para que yo cayera del catre en vida de él y me fuera dando cuenta de las cosas”, repasa María Adela, profesora de literatura, miembro de Madres de Plaza de Mayo línea Fundadora y autora del libro “Desovillando la historia”.

A esa sensación propia de la intimidad familiar, ella le fue sumando información e impresiones con el correr del tiempo. Le contaron, por ejemplo, que mientras Daniel tomaba examen en la Facultad de Derecho, llegó alguien con la noticia de que un estudiante de la Juventud Universitaria Peronista había sido detenido. Entonces interrumpió el parcial y salió corriendo con varios alumnos a buscarlo. “Esa espontaneidad en defensa de los derechos fue muy característica de él. Tiendo a pensar que sus escritos eran magistrales. Hoy lo pienso como una persona entrañable, que tenía derecho a seguir con su vida y a vivir lo que vivimos hoy. Me da tanta pena que mi familia no haya podido ver los juicios y el más alto grado de reparación que estaos viviendo con las sentencias de lesa humanidad”, dice María Adela, como quien trata de poner sus pensamientos en palabras.

En los tiempos de la dictadura de Juan Carlos Onganía, las cárceles comenzaban a llenarse de presxs políticxs. Por esa época ya se perfilaba un grupo de abogadas y abogados que asumían su defensa y “que rompían con la lógica de ese abogado que era reproductor de las relaciones de dominación” y “que se irían integrando a los partidos políticos de izquierda, al peronismo revolucionario, a las organizaciones armadas y a las de superficie”. Ahí es donde el abogado Eduardo Tavani, hoy titular de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (Apdh) sitúa a Daniel Antokoletz. Tavani fue su alumno y rescata que aquellos abogadxs “pudieron poner sus diferencias entre paréntesis porque ayudaría a desterrar a una abogacía presuntuosa y aparentemente neutral, de raíz reaccionaria y conservadora, que habitaba las aulas, los foros y los tribunales. Por eso fue importante que desembarcaran en la universidad, luego rebautizada como Universidad Popular de Buenos Aires, que se abrió para que ingresara el pueblo” (en 1973).

Esa pintura que hace Tavani transporta a imaginar cómo era aquel equipo de letrados que “se radicalizó y combatió más allá de sus fuerzas y no paró ni aún ante el estado terrorista que ocupó la escena y desató la peor barbarie”. Que dejó la gran enseñanza “de que el derecho es también el derecho a la resistencia, que la justicia fue y es selectiva, que hay cuestiones innegociables”, y que “la neutralidad en derecho es siempre estar del lado del opresor”.

A lo largo de la charla cada quien irá aportando otros nombres de entre lxs más de 100 abogadxs secuestradxs, asesinadxs y desaparecidxs. Desde Néstor Martins y su cliente Nildo Zenteno, Teresa Israel, Rodolfo Ortega Peña, Nelly Ortiz, Mario Abel Amaya, Tomás Fresneda, Mario Yacub, Miguel Zavala Rodríguez, Silvio Frondizi, entre muchos otros. Daniel Antokoletz, es recordado como un marxista de convicciones profundas que “se peronizó”, dirá Tavani.

El constitucionalista Eduardo Barcesat, un defensor histórico de los derechos humanos y profesor consulto de la UBA, conoció a Daniel en la primavera camporista, en 1973, a través del abogado Eduardo Luis Duhalde. Sintonizaron fácil y lo convocó a un coloquio interamericano en Perú donde redactaron una declaración de independencia económica y sentaron las bases de la Asociación Americana de Juristas. Antokoletz, cumplida su misión, se fue por su cuenta a dedo a conocer Machu Pichu. Cuando volvió le anunció a Barcesat con una extraña solemnidad: “He conocido la leche de tigre”. Se compró una botella para luego preparársela él mismo. Con un dejo de vergüenza, el jurista cuenta que frente a esa escena “había sentido una capitis diminutio”, porque no había probado esa salsa tradicional que acompaña el ceviche.

Cuenta Barcesat que ante las detenciones y las desapariciones debatían entre ellos sobre qué era lo más conveniente. “Coincidimos en dar a publicidad y que se supiera la situación de los detenidos y los desparecidos”. En una ocasión se encontraron en la sala de periodistas del Palacio de Tribunales, donde a ellos lxs cronistas les decían: “¿Para qué presentan habeas corpus si saben que no va a pasar nada’”. Antokoletz, creía que era fundamental hacer esos reclamos, dejar constancia. Esas huellas de apariencia burocrática, de hecho, fueron claves con el tiempo para entender la maquinaria dictatorial y la complicidad judicial. Fueron sustanciales también para juzgarla. “Es el derecho, lo que está mal es no hacerlo”, le decía a Barcesat, que lo recuerda conmovido hasta las lágrimas.

La vida de Liliana Andrés estuvo atravesada por la desaparición de Daniel. Denunció su secuestro, lo buscó e hizo todo lo que estaba a su alcance por encontrarlo y luego para que se juzgara su desaparición. Vivió en el exilio, en España, donde tuvo dos hijos (tiene cuatro en total), y volvió en 1983. En su búsqueda de justicia declaró ante la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Cuando se reabrió la causa sobre los crímenes cometidos en la ex ESMA, también dio su testimonio. Una de las tantas cosas que contó fue que, estando cautiva, en la mañana del sábado 13 de noviembre pudo ver a su marido. Un guardia la llevó a su encuentro, tras advertirle que no podía decir nada porque lo comprometería. Otro guardia llevó a Daniel al mismo sitio. Les permitieron sacarse las capuchas y las vendas de los ojos y verse durante uno o dos minutos. Ella lo vio severamente torturado y caminaba con dificultad. Le habían aplicado picana en los testículos y encías.

En 1985 Liliana tuvo la oportunidad de hacer una visita ocular al centro clandestino de detención. Fue con la mamá de Daniel, María Adela Gard de Antokoletz, una maestra rural de San Nicolás luego empleada judicial que se convertiría en una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, de las que iniciaron las rondas en 1977. Las recibió el director. Lo recuerda como un momento de inmenso temor, donde estaba acompañada por el abogado Luis Zamora, a quien menciona con cariño.

Los juicios de lesa humanidad, que se pudieron reanudar después de la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de punto final y obediencia debida completan cierta medida la lucha de lxs abogadxs de presxs políticxs. Constituyen una forma de reparación y generan una barrera contra la impunidad.

Barcesat elige para homenajear a Daniel Antokoletz y dejar dicho lo que su historia significa una cita de Julius Fucik, un periodista checoslovaco, militante antinazi, prisionero de la Gestapo que fue ejecutado. Es una frase entre otras tantas que recuperó de sus notas sus esposa, la periodista Gusta Fucikova, que también estuvo cautiva por un tiempo bajo el mismo techo que él y luego liberada: “He vivido por la alegría. Por la alegría he ido al combate y por la alegría muero. Que la tristeza no sea nunca unida a mi nombre”.