El fogón

Por Victoria Ginzberg

Es otoño. El sol se está poniendo y hace frío. Escucho las cotorras y siento en la cara el viento húmedo y, al llegar a la entrada del viejo edificio en el que funcionó el Casino de Oficiales de la ESMA, siento vacío. Una imagen medio deprimente, solitaria. Imagino que esa humedad se sentirá incluso en los huesos cuando estemos en el Sótano, sobre los cimientos de lo que fue el centro clandestino de detención por el que pasaron más de cinco mil personas durante la última dictadura. Pero no es así. Un rato después, los que participamos de esta visita estaremos en el Sótano y no hará frío. No habrá afuera. Estaremos congregados alrededor de Lita Boitano, Graciela Lois y Vera Jarach como si fuéramos integrantes de una tribu alrededor de un fogón escuchando a las sabias de la comunidad.

Llego a la visita de la cinco como cronista. Este día está dedicado a los estudiantes desaparecidos de la carrera de arquitectura  de la UBA, sobre todo a los militantes de la Juventud Universitaria Peronista que habían controlado el centro de Estudiantes en los años previos a la dictadura.

Todavía no entramos. En la puerta, las fotos de los desaparecidos miran desde arriba. Se escucha la voz de Lita:

-Fue el mejor estudiante. Se ganó un viaje a Europa, pero no quiso ir porque tenía su militancia. Era muy divertido y tenía mucha pasta de líder.

Miguel Angel Boitano fue secuestrado el 28 de mayo de 1976, en la primera caída de los estudiantes de la facultad. Su hermana Adriana se exilió en San Pablo por un tiempo pero luego volvió y fue secuestrada en 1977. Lita Boitano, su madre, se unió entonces a Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas y desde allí se convirtió en uno de los pilares del movimiento de Derechos Humanos de la Argentina.

Junto a Lita están Graciela Lois y Roberto “Toti” Corvaglia. Graciela, también histórica de Familiares, es esposa de Ricardo Lois, estudiante de arquitectura secuestrado el 7 de noviembre de 1976, que sigue desaparecido. Toti fue presidente del centro de estudiantes de Arquitectura entre 1973 y 1974.

Dentro del edificio, nuestro guía es Luciano Donoso, que explica que el lugar en su sitio histórico y a la vez prueba judicial. Luciano tiene solo 22 años. Nació en 1996, veinte años después del golpe, después de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y los Indultos y justo cuando comenzaba el deshielo que muchos años más tarde haría posible la existencia de un espacio para la Memoria en la ex ESMA. Cuando comenzaron a reabrirse los juicios a los represores, Luciano tenía siete años.

En el Sótano están las fotos de los desaparecidos que Victor Basterra logró sacar de la ESMA. El sótano era el primer lugar al que llegaban los secuestrados porque allí estaban las salas de interrogatorios y torturas y el último por el que pasaban antes de que los subieran a los vuelos de la muerte. Desde una sala chiquita, a través de una puerta abierta, llegan las voces y las imágenes de los sobrevivientes declarando en el juicio a las Juntas. Los que estuvieron acá y pudieron salir.

Allí, en el Sótano, nos reunimos los que participamos de la visita. “No éramos loquitos, teníamos propuestas para la Universidad que tenían que ver con el cambio y las necesidades de la sociedad”, dice Toti. Habla del intento por horizontalizar la arquitectura, de implementar trabajos reales y no teóricos, del trabajo por unir al movimiento estudiantil y al movimiento obrero. “Era un proceso que hacíamos con mucha alegría”, cuenta sobre los años años previos al terror. Durante la dictadura, Toti ya no estaba en la facultad, militaba en el territorio.

Eduardo Cajide, ex compañero de los estudiantes desaparecidos y decano de Arquitectura desde 2010 hasta 2014, se suma a los recuerdos. “Yo era hijo de trabajadores y mi mamá no me pudo dar el diploma porque tenía puesto el overol de la fábrica y no la dejaron entrar”, relata. Eduardo y Graciela unen las palabras de todos con las declaraciones de la gobernadora de la ciudad de Buenos Aires, María Eugencia Vidal, que hace unas semanas criticó la apertura de nuevas universidades en el conurbano bonaerense porque “nadie que nace en la pobreza llega a la universidad”. La voluntad de ampliar contra el deseo de cerrar.

Vera Jarach, Lita y Graciela ocupan unas sillas de plástico. Muchos estamos sentados en el piso. Otros, parados alrededor, en una gran ronda. Lita cuenta que a Vera su hija Franca la llamó por teléfono desde acá mientras estaba secuestrada. Lita dice que se imagina a sus hijos torturados o antes de ir a los vuelos y se emociona. Emociona a todos. Ella, que siempre contagia humor y buena onda, llora. Tiene una larga bufanda y prendedores con las caras de sus hijos y con el logo de Familiares. “Me emociona mucho esto y, aunque les parezca mentira, estoy contenta de estar acá”, dice. “Los que militábamos éramos una familia, por eso creo en la alegría de Lita, porque seguimos siendo una familia, nos da fuerza darnos la mano, mirarnos”, señala una de las mujeres presentes, una de las compañeras de los estudiantes de arquitectura desaparecidos.

Se habla entonces del proceso que posibilitó que en lo que fue la ESMA haya hoy un sitio de Memoria y cómo los organismos de derechos humanos y los trabajadores del predio mantienen esa conquista aun en condiciones políticas desfavorables.

Alejandra Naftal, directora del Sitio, asiente. Recordamos que en 1998, Graciela y mi abuela Laura Bonaparte presentaron un amparo para evitar que el edificio se demoliera ante el anuncio del entonces presidente Carlos Menem de hacer en el lugar un parque dedicado a la “reconciliación nacional”.

Por las escaleras subimos a Capucha, el altillo donde los militares ubicaron a los secuestrados. Nadie habla. Solo se escuchan los testimonios de los sobrevivientes en el juicio ESMA. Escucho también yo.

“Me dice no tenés más nombre”.

“Me tiran a un cubículo”.

“Puedo llegar a percibir, un techo de dos aguas”.

“Oigo pasos, gente que pide agua, me permiten que nos destabiquemos”.

“Veo que hay vigas de metal, camarotes”.

En la piecita de las embarazadas no hay nada salvo pareces blancas y el testimonio de Sara Solarz de Osatinsky, una sobreviviente que ayudó a parir a unas quince mujeres cautivas, la mayoría de ellas asesinadas más tarde y sus hijos e hijas apropiados.

Nos juntamos en El Dorado, el espacio de la plata baja usado por los marinos como salón de conferencias y de reuniones, de inteligencia, donde se planificaban, entre otras cosas, los operativos de secuestro. Allí pide la palabra Mariano Corbacho.

Mariano es nieto del arquitecto Héctor Mario Corbacho, quien fue, durante la dictadura, decano de la facultad de Arquitectura y profesor de dibujo técnico en la ESMA. Mariano tiene 31 años y hace algunos años comenzó a indagar sobre el papel que pudo haber tenido su abuelo en la desaparición de los estudiantes de la facultad, su rol activo o pasivo, su responsabilidad. Recorrió solo el camino que desde hace un año están haciendo los hijos y nietos de represores que se nuclearon en el colectivo Historias Desobedientes y a partir de allí hizo el documental “70 y pico”, donde no sólo indaga sobre la participación de su abuelo en el terrorismo de Estado sino que también reconstruye la historia del movimiento estudiantil. “No estuve exento de contradicciones, pero estoy orgulloso de haberme dedicado a esto y de haber puesto de manifiesto el sentir de una generación”.

El Dorado es ahora el lugar donde se bajan los cuadros. Están, como en la dictadura, los marinos, pero a través de sus prontuarios. Los antecedentes, las condenas, se exhiben a través de un dispositivo de mapping, pero en el momento de ponerlo en práctica algo falla. Una consecuencia de la escasez presupuestaria del último tiempo. Pero nada altera la sensibilidad que transmite el sitio, la visita y la calidez de los asistentes, sobre todo, de nuestras sabias.