Oscilar entre dos mundos

Por Celeste Orozco

Cierto gris en el cielo del otoño lo venía advirtiendo y ese día de mayo amaneció lluvioso, algo gélido. Claudio Morresi salió temprano siguiendo su rutina de trabajo habitual aunque era sábado. Manejó desde Balvanera hasta la ex ESMA y en lugar de tomar la autopista entró por los lagos de Palermo. Siempre le agrada más ese camino: en ese verde entrenaba con Norberto, su hermano mayor, que jugaba al fútbol en el Club GEBA. Saliendo de los parques pasó por el estadio de River, el club con el que salió campeón en 1986, cuando su hermano llevaba 10 años desaparecido.

Antes de llegar hasta el actual Museo y Sitio de Memoria emplazado en el edificio del ex Casino de Oficiales – adonde iba a participar como invitado especial de una actividad incipiente: La Visita de las Cinco–, Morresi pasó un rato en el edificio de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. Allí estaba coordinando el montaje de una muestra permanente sobre deporte y derechos humanos, su actividad constante desde hacía varios meses: una pista de atletismo que en su trayecto cuenta las historias de las/os deportistas argentinas/os víctimas del terrorismo de Estado. Por la tarde, a poco de que empezara la final de la Champions League europea entre el Barcelona y la Juventus, se acercó al edificio donde funcionó el más emblemático de los centros clandestinos de detención que montó la dictadura argentina durante el período 1976-1983. Antes de que dieran las cinco, miraron el comienzo del partido con Lucho, el guía que lo acompañaría en la recorrida, y varios compañeros.

Como tantas otras veces en su vida desde el 23 de abril de 1976, el día que secuestraron a Norberto, Claudio se sintió oscilar entre situaciones. Así lo enuncia sin lograr dar con la palabra que pueda condensar eso que lo invade cada vez que tiene que dar testimonio sobre su historia personal y familiar, pero a la vez colectiva. Piensa conceptos como contradicción, ambigüedad, pero no está conforme; tampoco son esas las palabras que busca. En todo caso siente angustia, tristeza, un movimiento interno impreciso pero incómodo, tensionante. Y superpuesto a esa molestia, el convencimiento de que no podría estar en otro lugar a donde lo llamen para replicar y fortalecer esa frase que, dice, “está dentro de todos nosotros”. Así abrió su Visita de las Cinco.

– Lo más importante es que ustedes estén acá y transmitan lo que van a ver y vivenciar acá, para que Nunca Más suceda lo que sucedió acá.

El hall de entrada del Museo, en este edificio originalmente pensado como lugar de descanso y esparcimiento de los marinos –una suerte de hotel con restaurante sala de estar, mesas de pool–, reúne apenas a un puñado de asistentes. Afuera diluvia.

Los días previos, Claudio se acercó más de una vez al Museo para organizar cómo sería esa tarde del 28 de mayo, elegir los lugares en los que hablaría con los visitantes como militante de los derechos humanos, como ex futbolista de primera división y como hermano de Norberto, asesinado por la dictadura, desaparecido largo tiempo e identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense a fines de 1989.

Otra de esas mañanas de baja presión atmosférica nos habló de su juventud. Nos contó que a partir del secuestro de Norberto, que militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y a quien él había acompañado en algunas acciones, sus padres lo hicieron dejar la escuela y empezar a trabajar en el reparto de pollos y huevos con un tío. Recordó también el día que debutó en la novena de Huracán, el club de su barrio, Parque Patricios, del que mucho tiempo más tarde sería director técnico. Tenía 13 años y estaba muy nervioso no sólo por el partido: la noche anterior su hermano no había vuelto a casa. Sus padres no lo acompañaron en la tribuna porque recorrían la ciudad buscando alguna señal de su hijo. Fue solo el tío en representación de toda la familia y tuvo un gesto piadoso para que él pudiera concentrarse. Le dijo que Norberto había llamado por teléfono y que estaba bien. Pero cuando terminó el juego, supo que no era cierto.

Muchas de esas charlas de organización giraron en torno al fútbol. La fecha de La Visita coincidía con los 38 años del partido inaugural del Mundial ‘78 que se disputó en la Argentina. Claudio había estado ahí, sintiendo vibrar la cancha de River, con bronca e impotencia ante el discurso del dictador Jorge Rafael Videla.
Oficiando de presidente de la Nación, era aplaudido por una multitud encandilada. Claudio tenía 15 años, entradas para los tres primeros partidos y la misma incertidumbre sobre Norberto.

–Para mí era algo maravilloso que el Mundial estuviera sucediendo. Pero esa situación tan increíble, tan difícil de entender. Videla dando el mensaje de la paz. Estaba escuchando a un asesino y a la vez estaba queriendo que fuera lo mejor que le pasara a nuestra selección de fútbol, cuando esta dictadura utilizaba ese Mundial para ocultar sus crímenes. Y yo esperaba que hubiera silbidos de toda la cancha, pero uno había aprendido a detectar a quiénes eran policías o fuerzas de seguridad y los veía que estaban ahí, desparramados. Pero no creo que eso haya sido la causa por la cual la gente no silbó. Me parece que la gente no silbó porque vivía otra situación. Familiares nuestros no creían que mi hermano estaba desaparecido–contó Morresi aquel sábado a la tarde en Capuchita, uno de los lugares de reclusión dentro del centro clandestino de la ESMA.

Capuchita es un espacio pequeño, el altillo donde está el tanque de agua, el lugar donde más marcas hay en las paredes y uno de los que se mantiene con la mínima intervención: apenas un sistema que amplifica los sonidos del exterior. Muchos sobrevivientes dicen que se dieron cuenta de que estaban en la ESMA al hacer la suma de varios sonidos: el tren, las canchas de fútbol, los aviones que despegaban y aterrizaban en Aeroparque. Allí en Capuchita, Claudio quiso contar, también, algo que vivió su familia en la búsqueda de Norberto, una secuencia que permite evidenciar cómo la maquinaria represiva no solo consistía en secuestrar y desaparecer personas sino que también implicaba un entramado delictivo exterior.

–Aparece una persona que le dice a mi viejo que a mi hermano lo tienen detenido en un lugar y que a cambio de una suma grande de dinero, ellos podían hacer que lo liberaran y lo llevaran a un aeropuerto, que él tomara un avión para Suiza o Finlandia.

El padre de Claudio y Norberto fue Julio Morresi, uno de los primeros en participar de las rondas de las Madres, militante histórico por los derechos humanos que falleció el 1 de marzo de 2016.

Julio pidió una prueba.

–Le dijeron: su hijo siempre pide a la noche una manzana verde. Y entonces pensaron que lo habían encontrado.

Porque esa era una costumbre que conocía muy poca gente.

Esto pasó en un departamento en la zona de Caballito, donde más tarde mi padre hizo la entrega del dinero. Como habían dicho que viajarían a un lugar donde hacía mucho frío, tengo la imagen, siempre lo cuento, de mi mamá tejiendo pulóveres sin parar. Pero cuando mi padre llegó al lugar pautado, Norberto no apareció. Y cuando volvió a ese departamento de Caballito, estaba todo desmantelado. El dinero, desde ya, eran los ahorros de toda la familia.

La Visita llega a su fin con la misma cantidad de asistentes, en un caminar pausado y un diálogo cada vez más fluido y afable. Meses más tarde, nos encontramos con Claudio en el edificio de Familiares y hablamos sobre ese día. Él recuerda que hubo muchas preguntas, sobre todo acerca del Mundial ‘78.

–Había una señora muy sorprendida de esa cosa tan surrealista e hipócrita de que un detenido-desaparecido hubiera estado en la conferencia con Menotti y que aparezca en una foto. (Lisandro Raúl Cubas se encontraba detenido-desaparecido en la ESMA cuando su imagen pudo verse en una fotografía publicada por el diario La Nación del 3 de mayo de 1978. Como parte de su trabajo forzado fue obligado a entrevistar al director técnico de la Selección argentina. El documento es parte de la puesta museográfica del Museo Sitio de Memoria ESMA–ex CCDTyE).

Le pregunto a Claudio por qué, ese día, vino solo.

–Puede ser que haya sido porque estaba en el predio trabajando, pero también es cierto que hay veces que prefiero estar solo en este tipo de cosas. Aunque seguro si hubiera estado mi papá, por más que hubiera querido estar solo, él hubiera venido –sonríe–. Era imposible decirle no vengas y después uno estaba sumamente feliz de que él estuviera.

Norberto Morresi, hijo de Julio y hermano de Claudio, fue asesinado de seis tiros el mismo día en que fue secuestrado, el 23 de abril de 1976, junto a su compañero Luis María Roberto, con quien cargaban algunos ejemplares de la revista Evita Montonera. Fueron enterrados juntos como NN en un cementerio de General Villegas. En 1989, luego de 13 años, el Equipo Argentino de Antropología Forense exhumó los cuerpos y determinó que los tiros fueron disparados a muy corta distancia y que las víctimas tenían las manos atadas sobre la espalda. Norberto tenía 17 años.