Porque ella no salió, nosotros estamos entrando

Por Lucía Puenzo

Conocí a Luis Piri Macagno, el hijo de Loli Ponce, sentado en una mesa del ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio de la ESMA con los originales de la poesía que su mamá había escrito durante su cautiverio. Tenía los originales en las manos. Ese 29 de julio, era la primera vez que Piri entraba a la ESMA y la emoción por ese homenaje que estaba a punto de suceder estaba ahí, en sus ojos, en su voz y en la firmeza con la que sostenía esos poemas que su abuela Elba había guardado como un tesoro hasta que él estuviera preparado para leerlos. El día que secuestraron a su mamá, Piri estaba con ella en el zoológico. Era su cumpleaños… cumplía dos años. Su papá había desaparecido en enero de ese mismo año. Piri vivió un tiempo con amigos de sus padres, hasta que su abuela paterna, a quien no conocía, lo buscó para llevarlo a vivir a San Luis. Ahí creció, entre silencios, conviviendo en el jardín de infantes con los nietos de Videla. Su historia la contó el mismo Piri, un rato después, parado en esa escalera que su mamá había recorrido tantas veces para bajar al sótano en el que trabajaba tipeando documentos, donde conoció a Graciela Daleo, una compañera de cautiverio a quien Loli le entregó los poemas cuando supo que la iban a matar. Ese día, Piri habló con la voz cargada de emoción, pero con la tranquilidad de quien le ha encontrado un sentido a los desvíos que lo llevaron a estar finalmente parado ahí, con su tío paterno Daniel Fernández a su izquierda, rodeado de un centenar de personas entre los que se mezclaban chicos y chicas muy jóvenes que se acercaban a La Visita de las Cinco por primera vez, con ex detenidos y familiares.

También estaba Mariano Blatt, un poeta de la primera generación en toda la historia argentina en haber vivido 18 años de corrido en democracia. Porque ella y muchos otros no salieron, lo escuché decir, nosotros estamos entrando.

Algo tan simple como eso, tan simple y tan irrepetible, pasó ese día: un centenar de personas rodeamos a Piri, acompañándolo a recorrer cada rincón de lo que fue la ESMA y hoy es un Museo dedicado a la Memoria de todos lo que ahí entraron, pero no salieron. Creo que todos nos sentimos cerca de Loli mientras escuchamos lo que nos decía desde sus poemas: Mañana cuando no estemos cuando todo se haya vuelto oscuro nosotros los que fuimos vivos los que reímos y lloramos y nos alimentamos amando queriendo la vida nosotros estaremos regresando.

La contundencia de esos poemas escritos por alguien tan joven, tan cerca de su muerte, privada de todo, y aún así llena de vida, fuerza y deseo, siguen, como dijo Néstor Kirchner en el prólogo del libro de Loli, “retumbando entre nosotros con la fuerza de lo imperecedero”.

Fue Daniel, el tío paterno de Piri, quien le llevó a Néstor los poemas de Loli. Habían militado juntos desde la escuela primaria, con Onganía gobernando mientras cursaban la secundaria y con la dictadura en la universidad.

Una semana después sonó el teléfono en la casa de Piri en Córdoba y del otro lado estaba el Presidente diciéndole que quería publicarlos. Hacé de cuenta que somos tus tíos, le dijo ese día. La edición de esos poemas fue para Piri como saldar una deuda, imagino que tanto como estar ahí, subiendo al tercer piso acompañado por su mujer y por todos esos compañeros silenciosos que tenían las gargantas y estómagos cerrados, esa mezcla de rabia y admiración por esos jóvenes que nunca salieron de ahí, por esos hijos que no pudieron crecer en brazos de sus padres, pero sí pudieron volver, como Piri, con la poesía de su mamá en las manos, originales escritos en lo que fuera, pedazos de papel, pedazos de cartón, a mano o en las máquinas de escribir de sus torturadores; pero ahí estaban, inmortalizados, imposibles de quemar como habían hecho con el resto de los escritos de Loli. En la pared del cuartito del sótano de la ESMA, Loli había pegado un poema: He resurgido muchas veces desde el fondo de las estrellas derrotadas.

Al lado tenía la foto de su hijo.

LUCÍA PUENZO nació el 28 de noviembre de 1976. Hija del director de cine Luis Puenzo, es escritora y cienasta. Publicó las novelas El niño pez, Nueve minutos, La maldición de Jacinta Pichimahuida, La furia de la langosta, Wakolda. Como cineasta dirigió las películas XXY, El niño Pez y Wakolda.