Tres hermanas a las 5

Por Carlos Ulanovsky

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Desde el 2015 el Museo Sitio de Memoria organiza el último sábado de cada mes un homenaje llamado “La visita de las 5”, un recordatorio a las víctimas del terrorismo de estado. Se calcula que durante la dictadura pasaron por allí como detenidos-desaparecidos unas cinco mil personas, la mayoría de las cuáles permanecen desaparecidas. En este sitio – la ex Escuela de Mecánica de la Armada- funcionó un centro clandestino de tortura y exterminio, en donde se hizo sistemática, la metodología más perversa de la represión: la apropiación de bebés nacidos en cautiverio.

El Museo Sitio de Memoria es monumento histórico nacional y está postulado en una lista de la UNESCO para convertirlo en Patrimonio de la Humanidad.El guión de su recorrido fue elaborado a partir de más de 700 testimonios de sobrevivientes que posteriormente participaron en juicios por delitos de lesa humanidad entre 1985 y la actualidad. Recuperado por el Estado en 2004, durante el gobierno de Néstor Kirchner, el Museo funciona en lo que fuera el Casino de Oficiales, originalmente planteado como lugar de recreación de los marinos, aunque desde 1976 sus tres plantas, sótanos y la buhardilla fueron transformados por esos mismos marinos en un espacio siniestro de reclusión. Allí se planeaban y ejecutaban los llamados “Vuelos de la muerte “, en los que detenidos-desaparecidos eran arrojados al río o al mar, a veces vivos, en ocasiones ya fallecidos.El gran valor de este espacio es haber podido dejar atrás su pasado de destrucción y matanza y haberse convertido en un lugar de reparación histórica enrolado en la todavía indispensable búsqueda de verdad, memoria y  justicia.

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Es el sábado 15 de diciembre de 2018 y hoy tengo el honor de ser el cronista de una nueva visita de las 5 en la que las tres hermanas Cerutti – la fotógrafa María Eugenia, la docente María Fabiana y la documentalista y escritora María Josefina -se disponen a relatar el martirio de su familia cuando a partir del 12 de enero de 1977, en la casa familiar de Chacras de Coria, Mendoza, un grupo paramilitar de la Marina secuestró a su abuelo Victorio Cerutti y a su tío Omar Masera Pincolini. Los dos fueron vistos por última vez en la cárcel clandestina de la avenida del Libertador al 8100 y ambos continúan desaparecidos.

Con ellas como guías recorremos el Museo y ese camino le dice cosas a nuestra memoria afectiva, sensibiliza, informa, conmueve, educa. Por eso el tono de la caminata está dominado por el silencio y el sobrecogimiento.Sobre las ventanas del ex Casino de Oficiales se proyecta un audiovisual con informaciones ominosas, con estadísticas de los tiempos del terror. “ Tras el golpe de estado los salarios cayeron en un 40 por ciento”; “80,2 por ciento de los desaparecidos durante la dictadura eran obreros”; “2818 días duró la dictadura militar”. Es un documento que examina la calidad de la democracia argentina , desde 1912(cuando se sancionó la Ley Sáenz Peña, que estableció la obligatoriedad del voto), prueba de la que no siempre el sistema queda bien parado. Durante 13 minutos desfilan los golpes de estado que malversaron y violentaron décadas importantes de nuestras vidas. Resulta difícil de soportar a Massera explicando que la iniciada en la década del 70 fue “una guerra entre los que estábamos a favor de la vida y los que estaban a favor de la muerte”.Y es intolerable escuchar a Videla refiriéndose a los que ellos mismos habían enviado a la nada:”No están “,”No están”,”No están”, repite, imperturbable.

En muchos momentos de la travesía se nos aproxima el dolor de los torturados. Ciertas palabras regresan a golpearnos, desde las peores tinieblas: trabajo forzado, grilletes, cadenas, cautiverio, traslados, capucha,capuchita, muerte.De un momento para el otro, los que tenían la desgracia de llegar allí se transformaban en un número, en una cosa, en un rehén, asumían la condición de la inexistencia misma. En el recinto superior ,a todos se les borraba cualquier signo de condición humana, pero, entre esos males, había uno que ,lejos,era el peor.El sucucho en el que las detenidas-desaparecidas,embarazadas parían, a ese sitio en donde se pactaban los secuestros y posteriores entregas de bebés, los torturadores lo llamaban “La Sardá de Chamorro”. Sardá, por el Hospital Ramón Sardá, el primer centro materno infantil de la ciudad inaugurado en 1934 y que todavía funcionay Chamorro por el contraalmirante Rubén Jacinto Chamorro, con funciones de capo del centro clandestino. Chamorro murió en 1986 antes de ser juzgado por los crímenes cometidos.

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Más de un centenar de personas subimos y bajamos esta tarde escaleras, conmovidos, acompañando a las chicas Cerutti.Ellas llegaron, como las buenas hermanas y muchachas espléndidas que son, con la sororidad propia de estos tiempos, para decir, 41 años después y con una congoja que no pasa, que “el abuelo Victorio tendría que haber muerto en Mendoza y no en este lugar”.

Fue a Mendoza cuando a fines del siglo 19 llegaron de Italia, seguramente con el propósito de hacerse la América, los primeros Cerutti. Solo por responder a las duras exigencias del trabajo, por creer en la sabiduría de la tierra y sus respuestas y por saber que todo lo que se cuida crece, armaron desde cero una industria vitivinícola que se convirtió en emblema argentino y una economía que llegó a ser poderosa y que hasta entonces no existía.La bodega Cerutti, y todo lo que ellos lograron hacer crecer a su alrededor(casas, muebles, objetos, poderío económico) fueron los bienes que los “horribles” le arrebataron a la familia. Que no significarían nada si no fuera que,además, les quitaron la vida.

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Esta clase de delitos económicos fueron muy comunes durante la dictadura. Bastaba con que los tipos(o sus familiares o sus amigotes) se encapricharan con algún activo tentador para que, de ahí en más, se valieran de cualquier recurso para apoderárselo. A mi lado, escucho que alguien dice, y lo anoto:”Claro, lo mismo que hacían con los militantes o con los bebés,recién nacidos. Ellos disponían de las vidas, de las muertes y, como todo eso les parecía natural también se quedaban con las fortunas”.

Para traficar y concretar despojos como los que les perpetraron a la familia Cerutti tuvieron que inventar dispositivos administrativos útiles y necesarios. Dos de los represores más temidos de la ex Esma, los marinos Francis Wamond y Jorge Rádice crearon una sociedad una de cuyas funciones era blanquear y volver a poner en circulación lo que los grupos de tareas robaban en los operativos.Pagadioses sin dioses, pasamanos trágicos: para conferirles realidad necesitaron ,además de uniformados dispuestos a cualquier nivel de impiedad,de muchos y variados cómplices sin grado militar como abogados y escribanos, tasadores inmobiliarios y financieras e incluso clientes oportunistas o religiosos tolerantes que miraban para otro lado, amorales,criminales todos. Por eso es pertinente y cada vez que sea necesario , calificar a la dictadura militar con las expresiónes cívica, eclesial,empresarial.

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Las hermanas Cerutti vienen a contarnos que lo que les quitaron,de una vez y para siempre, es mucho más que un botín de guerra. Lo que ya no tienen más son bienes simbólicos, de los esenciales, de la vida misma, convertidos en ausencia irreparable.

Las chicas Cerutti se hermanan, todavía más, en el recuerdo doloroso y, por momentos, se quiebran. María Fabiana recuerda que ellas son sobrevivientes.De chicas recibían de sus mayores – por ahí corrobora,consternada,la mamá – esta dramática instrucción: “ No hablen con nadie de esto porque,si no también, las van a secuestrar a ustedes “.Por suerte, esto no ocurrió y hoy están aquí para afirmar que no olvidaron, ni olvidarán.Entre los infames cubículos del piso superior, que fueron celdas, María Eugenia expone sus fotografías del barrio en Chacras de Coria y de la casa familiar. Cuenta que cuando los represores se adueñaron del barrio, las calles, que hasta ese momento llevaban nombres  de lugares o personas italianas pasaron a llamarse con nombres que ellos deshonraron sistemáticamente: Equidad, Honor, Amistad, Justicia , Caridad.María Josefina escribió y publicó en 2016 el libro “Casita robada”, una formidable reseña del suplicio de su familia.En noviembre de 2010, cuando murió el marino Massera, María Josefina le dedicó una catilinaria titulada “Descielo” publicada inicialmente en el foro de La Nación y que al día siguiente reprodujo Página 12 en su tapa.Allí decía, entre otras cosas: “El asesino Massera mató a mi abuelo, mató a mi tío, se robó mi casa, mi viña, mis montañas.Mató a mi infancia”.

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Las Cerutti no vienen a reclamar nada, no pretenden cobrar deudas, ninguna de ellas propone represalias.Llegaron a este lugar – al que los marinos imaginaron fantasmal e impune y que en cambio, también por las Cerutti y su decisión de no olvidar se erigió en insustituíble lugar de memoria y ciudadanía- solo para volver a dar su testimonio, que antes ofrecieron en sede judicial. Estas bellas pibas, tan argentinas, tan italianas, vienen a contarnos que ellas crecieron en “la casa grande”, que fueron niñas alegres en la pileta, en los jardines, en las comidas familiares, multitudinarias . Lo que este cronista escucha que dicen, tan derechas, tan humanas, salpicadas de entendibles lágrimas, es que,efectivamente, les quitaron muchas cosas, pero nadie pudo arrebatarles de sus cabezas aquella patria de la infancia que supieron conseguir,con juegos, con disfraces, con sorbitos de vino que probaron por primera vez. Creo entender, y evidentemente se trata de una percepción generalizada, por eso los aplausos que reciben, es que lo que están llorando son lágrimas de victoria, como si estas celebraciones colectivas fueran una inesperada prolongación del Nunca Más. De sus manos todos volvimos como invitados a “la casa grande”. Nos dolió escucharlas, hasta lloramos un poco, pero también fuimos felices.

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Si esta crónica tuviera música sería “Canción de las simples cosas”, de Armando Tejada Gómez y César Isella, toda, completa, si fuera posible, versión de Mercedes Sosa,pero especialmente en la parte que dice:”Uno vuelve siempre a los sitios donde amó la vida”.

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Y una invitación final. Esto que cuento en algo más de 1500 palabras y en modo literatura apresurada está magistralmente desarrollado en las 280 páginas y 103 capítulos del libro “Casita robada(el secuestro, la desaparición y el saqueo millonario que el almirante Massera cometió contra la familia Cerutti)”,de María Josefina Cerutti,Editorial Sudamericana, 2016.

Gracias por la invitación.