Por Fabiana Rousseaux

Lo conocí a mediados de los 2000, en pleno proceso de construcción del campo testimonial en la Argentina cuando se comenzaban a asumir los juicios contra los responsables de delitos de lesa humanidad.

Víctor, el que rescató las fotos que estaban en los archivos de la ESMA producto del trabajo esclavo de falsificación de documentos que lo obligaron a realizar y hoy gracias a que sacó clandestinamente esas fotos de allí, los juicios de lesa humanidad cuentan con una contundente prueba.

Víctor, el obrero gráfico.

Víctor, el ex secuestrado –como él aclara-  que cada vez que desde el equipo de acompañamiento del Centro Ulloa lo llamábamos porque iba a declarar, se ocupaba de saber cómo estaban las compañeras del equipo.

Ese día, el 31 de agosto, La visita de las 5, lo tenía de invitado. Y también a nosotras, quienes habíamos acompañado desde el Centro Ulloa, parte del recorrido testimonial de Víctor.

No todo, porque más allá del hecho jurídico, él como muchas y muchos ex secuestrados, han declarado mil veces, en distintos tonos, en distintos registros, frente a distintos oídos, muchos de ellos totalmente cerrados. Digamos que los tiempos difíciles no cesan con la finalización de las políticas del terror. Y hablar para nadie fue parte del recorrido testimonial que soportaron por décadas las y los sobrevivientes.

La Visita de las Cinco es un dispositivo hecho para escuchar. No sólo para testimoniar (como Víctor hizo amorosamente acompañando con su voz en el exacto tono, el recorrido por la EXMA, como le decíamos en la jerga del trabajo ministerial, a ese sitio para dar cuenta de su extraña temporalidad). Lo que allí se produjo ese día, lo evidencia. No es un recorrido. Es un dispositivo donde se generan las excepcionales condiciones que provoca ingresar al espacio sacro y dejarse tocar por él.

No se sale igual de allí.

El run run de fondo aún cuando hablamos de lo ocurrido en la ESMA, en la EXMA in situ desaparece. El silencio que provoca la dimensión de lo espectral ante la desaparición allí se presentifica hasta el punto de interrogarnos si debemos sonreír, si debemos hablar, si debemos pisar, tocar. Por allí transitan los legados éticos y ellos se hacen presentes ni bien se ingresa allí.

Víctor carga en su cuerpo ese día con el peso del legado y lo traduce para nosotros, quienes lo acompañábamos. Eran 250 personas. Para todos nosotros él tradujo lo intraducible, envolvió la crudeza de lo que hay que contar con la frontera de lo bello como función: nos contó a todos –y ese día en el recorrido fue notable– lo inaudible en forma de cuento, incluso apelando a ese formato de cuentos de terror que de niños nos atrapaba de un modo fascinante, y queríamos hasta llegar al final del cuento, esperando que todo eso no haya sido cierto y una voz protectora nos acune.

Llegamos al sótano y mientras contaba cómo había hecho para engañar a Smith y poder sacar clandestinamente las fotos, agrega:

–Era un noche tétrica, de tormenta, como en los cuentos de terror –y nos sonríe, dando a ese final un tono familiar, incluso tranquilizador.

Él invirtió en ese acto el lugar del oído sordo que lo acompañó durante tantas décadas, los 500 oídos querían escucharlo, una adolescente le preguntó: ¿qué te ayudó a llegar hasta acá? Y Víctor respondió con la genealogía de su militancia, respondió con la frase de su compañero que le pidió que si sobrevivía lo cuente, para que los responsables de esos crímenes no se la lleven de arriba.

Con todo eso respondió.

Mientras tanto, la voz en off que leía una carta escrita por Borges relatando su paso por una audiencia del Juicio a la Juntas, retornaba como evidencia de la fuerza que tiene la tierna voz de Víctor. Ese día de Borges declaraba él. Ni ciegos, ni sordos. Nunca más.